El asfalto del Centro Histórico volvió a ser testigo de un flashback doloroso. Lo que comenzó como una solemne conmemoración del 57 aniversario de la matanza de Tlatelolco, encabezada por el Comité 68 desde la Plaza de las Tres Culturas hacia el Zócalo, escaló rápidamente a una escena de cruda represión que dejó en evidencia la fragilidad de las libertades y el verdadero rostro del poder.
Las fotografías de la jornada no solo capturarán los rostros de la memoria y la justa exigencia de «2 de octubre no se olvida», sino también la violenta colisión entre el Estado y el manifestante. La presencia policial en abundancia fue el detonante para una brutal represión que no distinguió entre manifestantes y medios de comunicación que cubrían la marcha. Las escenas de golpes y empujones recuerdan la dureza de otros desalojos históricos, como el de los maestros, confirmando que la fuerza del aparato estatal sigue siendo abrumadora.
La violencia vista en la marcha no es un hecho aislado, sino la punta de un iceberg de intereses que se mueven en la sombra. El foco se posa sobre la inminente celebración del Mundial de fútbol del próximo año, un evento que promete una millonaria derrama económica, pero a un costo social incalculable.
La analogía con el contexto de las Olimpiadas de 1968 es inquietante: entonces, el gobierno no toleró que el movimiento estudiantil «echara a perder la fiesta» internacional. Hoy, el deporte rey parece ser el nuevo pretexto. Detrás del brillo de los estadios, se multiplican las denuncias: la vivienda se encarece, y los desalojos ilegales se avalan desde diversos niveles de poder para beneficiar a las inmobiliarias y su jugoso negocio.
El problema trasciende las capitales. En las tres sedes mundialistas, persiste un número alarmante de desaparecidos, altos índices de inseguridad y una profunda injusticia social. Esta es la realidad que asedia a México, visible en las «noticias desagradables todas las semanas»: explosiones, inundaciones, fallas en el transporte público, ataques en escuelas… y la represión de la marcha de ayer.
El dolor de la jornada trae consigo una crítica lacerante a la actual administración. El gobierno, que se «disfraza de izquierda», muestra en estos actos su verdadero rostro: uno que, ante el conflicto, no duda en usar la violencia.
«Este gobierno que se disfraza de izquierda no lo es, no le interesa el bienestar de la sociedad, solo quieren cuidar su interés personal y eso lo harán sin importar a quienes tengan que golpear«, es la conclusión amarga que resuena entre los participantes. Las imágenes de la represión son la prueba gráfica de que, más allá del discurso, el poder está dispuesto a cuidar sus intereses económicos y políticos a cualquier precio, utilizando la fuerza policial como principal herramienta.
Estas fotografías del 2 de octubre de 2025 no son solo un registro de la memoria histórica; son un espejo del presente, un reflejo de que, 57 años después, la consigna sigue vigente y la amenaza de la represión es una sombra que nunca se ha ido. El pulso entre la memoria, la justicia social y los intereses económicos del Estado parece estar en su punto más álgido.





















































